LOS PADRINOS
Jorge, uno de los dibujantes, y Omar, un poeta que estuvo exiliado en Suecia, toman cerveza en el Club San Miguel, un restaurante antiguo –donde el mozo conserva el humor de Manolo González– que resiste los nuevos tiempos en la misma cuadra de los edificios Don Agustín, en el paradero 6 de la Gran Avenida.
Los parroquianos se retuercen en sus sillas y contienen los insultos cuando les digo que lo del hockey “no es para tanto, que no es un deporte tan popular”. Omar se defiende citando los registros del Comité Olímpico, donde quedará inmortalizada la selección de “tenis patín”, igual que Claudio Barrientos, el boxeador sanmiguelino que le ganó al favorito, perdió con un coreano y se quedó con la medalla de bronce en Melbourne 1956. Tiene razón.
Diez años después empezó la moda de poner estatuas en El Llano. Había una de José Martí, otra de Carlos Gardel y una del Che Guevara, frente a la que Fidel Castro pronunció un discurso cuando lo nombraron “hijo ilustre” de San Miguel en 1971. Dicen que Patria y Libertad probó su capacidad operativa dinamitándola, meses antes del golpe.
Los Palestro eran de origen italiano, igual que varios trabajadores de Mademsa, la empresa de la familia Simonetti, y de las fábricas de zapatos, más todos los otros que volvieron del boom salitrero en el norte y se instalaron en los terrenos de emergencia repartidos en esta zona.
Mario Palestro –el de los bigotes frondosos, “el de verdad”, como dicen los vecinos que lo conocieron– era un padrino que repartía monedas a los niños pobres cuando salía a la calle y juntaba a la gente del Zanjón de la Aguada y del Matadero cuando había que “echarle la bronca a alguien”, cuenta Omar


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